jueves, 18 de enero de 2018

Manuel Ruiz Torres en "Foro Libre"

El pasado lunes en la asociación “Foro Libre” debatimos sobre mi obra literaria. En un ambiente relajado y con un público muy participativo hablamos de la curiosidad como el motor común de la literatura y de la ciencia. Que la poesía es un género tan de ficción como la narrativa, en el sentido de pretenderse una reproducción aproximada de sentimientos. Algo así como contar lo que no se sabe expresar de otra manera más que describiendo el hueco que deja cuando desaparece. Pero que la ficción no implica falsedad sino franqueza. Contamos otra fábula: que la actividad creadora se parece a las radiaciones de energía que emiten o absorben los electrones cuando saltan de un nivel a otro, ese fenómeno que estudia la espectroscopía. Algunas situaciones, personales o sociales, nos excitan (en el sentido de que nos agitan, nos activan o nos encienden) tanto que alcanzamos, por un brevísimo tiempo, unos niveles de clarividencia o de conocimiento que no son los de nuestra vida cotidiana. Después viene la técnica, el trabajo de aprender a retener, para compartir, lo que descubrimos en esas alturas, en esos momentos de versión mejorada de nosotros mismos. Sin que suponga una jerarquía de géneros literarios, hay que reconocer que en la poesía, para bien o para mal, es donde esa subida llega más alto, donde el vértigo es más grande. Terminamos hablando de libros de cocina, quizás el género literario más cercano a la vida frecuente. Contar la cocina histórica como una narración de lo que merece la atención de nuestra memoria. Buscar en la memoria de los demás lo que vamos siendo. Una manera de retener y recordar el pasado. Literatura, al cabo.


lunes, 2 de octubre de 2017

ESPAÑA, POR COJONES

Cuando se debatía la actual Constitución, Manuel Fraga defendió que no se incluyera allí la mención a las causas de disolución del matrimonio. No lo consiguió, pero aún en 1981, cuando se debatió la primera ley de divorcio, Alianza Popular, el partido donde ya militaban Aznar y Rajoy, votó en contra de esa ley que el propio Fraga calificó de “estridente”. En el mismo mitin decía que era “hora de poner orden en la casa”. Hoy no conozco a nadie (aunque los habrá) a quien le parezca bien que si, en una pareja, alguien quiere separarse, tenga que contar con el consentimiento del otro para tener el divorcio. Ni que, si el otro o la otra no quieren separarse, se prohíba el divorcio. El matrimonio obligatorio está asumido como una aberración. Esta lógica se olvida cuando hablamos de pueblos. Y no está mal recordarla porque, al cabo, estamos manejando (o manipulando, si se quiere) sentimientos.

En esta comparación, cuando una pareja está en crisis, o se abandona toda esperanza de conciliación, o se intenta un acercamiento, una reconquista, reconstruyendo la seducción. Lo que a nadie se le ocurriría, energúmenos aparte, es plantear continuar con el matrimonio a la fuerza, por cojones, porque eres mía o mío, siempre lo fuiste. Leí ayer un comentario que comparaba esta actitud con la del maltratador que insulta, desprecia, golpea, hiere o incluso mata cuando la pareja decide dejarlo. Pero mientras el Código Penal y una mayoría creciente de la población condenan lo más visible de esa violencia de género, parece como si, mucha de esa misma población, asumiera como normal que a quienes quieren separarse de nosotros hay que tratarlos a palos. Ya perdí hace mucho, desde aquellos nada inocentes boicots al cava catalán, la lógica de este peculiar ritual de apareamiento, donde el macho comienza el acercamiento propinando un par de coces.

Hoy sigo leyendo guantazos indiscriminados en nombre de la unidad de España, esa misma que ayer quedó muy malherida. Tengo amigos y familia en Cataluña, gente buena, honrada, de unas y otras ideas, que hoy se sienten excluidas, expulsadas por quienes justifican necesaria la violencia, o se la toman a broma, un chiste. Ellos la vivieron ayer en carne propia. Hoy leen que hasta eso se les niega: sus votos y sus heridas son mentira, sangre pintada, propaganda dicen estos nuevos negacionistas, vamos a odiaros sin remordimientos, os queremos.  A muchos de los de aquí también los conozco. Son amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente normal con los que comparto tendedero, vinos, el autobús o el médico, y que hoy se cubren de bilis, de ferocidad, de falta de empatía y de humanidad, y se suman al linchamiento, pidiendo cárcel para todos, multas e indigencia para todos, retirarles la custodia a sus hijos, disolver la autonomía, una mano mucho más dura. Nada de tender puentes, de recuperarnos. A por ellos. Y ellos, claro, vienen, y se rinden y se convierten.


Manuel J. Ruiz Torres

jueves, 10 de marzo de 2016

FEMINISTA

Precisamente porque hoy no es 8 de marzo, sino un día más de los otros 364 días, quiero recuperar este antiguo artículo publicado (dentro de la columna semanal "Los Peligros", que mantuve durante cuatro años), en "La Voz de Cádiz" el 8 de marzo del 2005. Es decir, hace once años. Antiguo artículo, que no anticuado ni, por desgracia, obsoleto.

FEMINISTA
El feminismo es un movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres. Nada más y nada menos. Sin embargo, demasiados hombres y mujeres se sienten obligados a aclarar, antes de dar su opinión sobre cualquier injusticia que afecte a una mujer, que él o ella no son feministas. Como no creo que sean mayoría quienes defienden que las mujeres tengan menos derechos que los hombres, aunque sea eso exactamente lo que están diciendo al declararse como no feministas, me parece que habría que empezar por denunciar cómo muchos interesados han conseguido manipular y denigrar el uso de una palabra noble. Hay que recuperar para el lenguaje el sentido de las ideas feministas. Me gustaría, para eso, hacer un poco de historia. Que la próxima vez que alguien, él o ella, se defina como no feminista sepa lo que dice. 

Feministas eran las sufragistas inglesas que reclamaban el derecho al voto para las mujeres y cuya organización fue considerada terrorista por Scotland Yard. Después de encarcelamientos, huelgas de hambre y la activa colaboración en la I Gran Guerra Mundial consiguieron el sufragio universal que, en España, salvo el periodo de la II República y los plebiscitos franquistas, no llegaría hasta 1976. En un país tan civilizado como Suiza, las mujeres no pudieron votar en algunos cantones hasta 1990. ¿Alguien no feminista defiende que las mujeres no voten? 

La nada sospechosa Asociación Nacional de Mujeres Españolas hacía suyas, en un manifiesto de 1918, algunas de las otras peticiones de las sufragistas reclamando, entre otros, castigo a los malos tratos, creación de escuelas públicas suficientes, derecho a ascender en los destinos, personal femenino en la policía, igualdad ante el adulterio o derechos para la mujer en el matrimonio, la patria potestad y la administración de bienes conyugales. Veamos algunas de estas peticiones que, para alguien no feminista, le parecerán sin duda radicales. Por ejemplo, si la mujer cometía adulterio una sola vez se le castigaba, pero a los hombres sólo si existía habitualidad, el amancebamiento. El adulterio se despenalizó en 1978. Si un hombre sorprendía a su mujer en adulterio y la mataba o le causaba graves lesiones, delito conocido como uxoricidio, sólo era desterrado; si las lesiones no eran graves, quedaba sin pena. Esta situación duró hasta 1961.

Si el hombre maltrataba de obra a la mujer se castigaba con arresto de unos días; a la mujer se le podía castigar por maltratarlo sólo de palabra. Si una mujer, maltratada o no, se atrevía a pedir la separación, ya fuera considerada inocente o culpable, debía abandonar el domicilio, pues la casa era considerada del marido que, como administrador de los bienes, se quedaba con todo. El divorcio no se aprobó hasta 1981. La mujer estaba obligada a seguir al marido donde éste fijase su residencia, dentro de España. Sólo hasta 1975 no se fija el domicilio por mutuo acuerdo, aunque si no hay acuerdo decide el titular de la patria potestad, que, hasta 1981, era sólo el marido. Es decir, el único que legalmente decidía sobre los hijos no emancipados. Al casarse, el marido se convertía en representante legal de la esposa. La mujer no pudo ser testigo en un testamento o tutora hasta 1958. El derecho del marido a la administración de los bienes de la pareja era tal que la mujer no podía, sin su permiso, adquirir o enajenar bienes, ni disponer de los de ambos, aunque los hubiese aportado ella, sin la licencia marital. Sólo hasta 1958 no se obliga al marido a pedir el consentimiento a su esposa para disponer de los bienes inmuebles comunes, aunque los gananciales los siguió administrando el marido, y sólo en 1981 pasan a ser administrados por ambos. Esa “licencia marital”, necesaria también para abrir una cuenta en un banco, trabajar, manejar un automóvil o tramitar un pasaporte, no desapareció del Código Civil hasta 1975. ¿Este modelo de convivencia es el que defiende quien dice ser no feminista?. Todavía falta mucho para la igualdad, pero no hay que disculparse por pedirla con su nombre.

Manuel J. Ruiz Torres

viernes, 20 de noviembre de 2015

Presentación de "Nosotros, los de entonces", de J.M. Benítez Ariza


Asistimos a la brillante presentación en Cádiz del nuevo libro del poeta José Manuel Benítez Ariza, Nosotros los de entonces. La Fundación Carlos Edmundo de Ory puso el escenario y una perfecta organización para que, en ese ambiente de relajación y confianza, tanto el poeta como su presentadora, la profesora María Jesús Ruiz, desplegaran un amplísimo repertorio de conocimientos filológicos, complicidad, estímulos clásicos, picardía e, incluso, divertidos momentos comprometedores cuando preguntas o respuestas se acercaron al desnudo moral. No hubo sumisión ni envalentonamientos. Y, en eso, pero no sólo en eso, la presentación tuvo mucho más de metáfora del amor que de cirugía. No en vano, el libro habla del amor focalizado y del difuso; del amor centrífugo y del centrípeto; del imaginario real y del tan real que cuesta imaginarnos sin él. Como dijo varias veces José Manuel, también habla de la necesidad de enamorarnos del amor. Llamarlo mera ficción sería tan injusto como negar que el amor existe, y que nos salva. Pero desentendernos de nuestra necesidad de ficción sería una irresponsabilidad. Tanto como dejar al azar toda nuestra capacidad de salvarnos. Tanto como renunciar a ser los creadores de nuestras propias fantasías; renunciar a cambiarlas y adaptarlas según nos convenga. Porque si el amor a veces salva, nuestras ficciones nos salvan siempre.


Nosotros los de entonces, toma título de un verso del poema más popular del libro de poemas de amor más popular de varias generaciones contemporáneas. Cuando Neruda empezaba su puedo escribir los versos más tristes esta noche, como colofón de amor antes de cantar desesperado, quería contar lo efímero, lo cambiante que es el amor: nosotros los de entonces, ya no somos los mismos. Este libro, a través de sesenta poemas de amor de muy distintos momentos, habla de esa transformación. Que nunca es lineal, cronológica, porque continuamente nos desdecimos, volvemos atrás, nos lanzamos a abismos nuevos. Como en todo género de ficción, y la poesía como la autobiografía lo es especialmente, hay que construir una narración, crear un orden que sea más coherente que la propia vida. Benítez Ariza los ha ordenado con la misma ironía y reflexión de todos sus libros anteriores, con la misma meticulosidad entusiasta y a la vez descreída, valga la paradoja. En esa trayectoria ha escrito algunos de los mejores poemas de amor que conozco. Amores que crecen y sobreviven a las transformaciones largas de sus protagonistas, tan cambiantes con los años o los accidentes vitales. Tan necesitados de reinventarse cada vez.

José Manuel Benítez Ariza y María Jesús Ruiz

martes, 13 de octubre de 2015

POESÍA EN EL RETRETE


Cuando viajo a algún lugar nuevo me gusta visitar sus ferreterías y sus librerías. Las primeras  me dan una idea de cómo organizan allí su vida cotidiana y las segundas de cómo se dotan de habilidades y aptitudes para mejorar esa misma vida cotidiana. A veces las ferreterías han sido sustituidas por bazares. Lo que suele indicar que un pueblo que escoge los atajos y lo perecedero es un lugar de emociones cortas, donde el pasado es un lastre y el futuro un incordio. A veces llego a pueblos sin librerías y la desolación es mayor, porque anuncian que allí ya han renunciado a recuperar esas pérdidas. Y que, aún peor, ni siquiera saben qué han perdido. No tuve tiempo de encontrar ninguna ferretería en Moguer, pero sí una de las más hermosas librerías que he visitado nunca. Me recordó otro lugar, la Casa con libros, en  La Zubía (Granada), que es aún mejor porque se puede vivir y pernoctar dentro de esa misma sensación de paraíso rabiosamente terrenal, construido con las esperanzas y las dudas humanas.

El lugar se llama La Taberna del libro y es, sencillamente, una casa ocupada por libros. Un hogar entero, con su salita de las distracciones, su comedor abrigado, su cocina de los inventos, su hervidor para el té, su habitación roja convertida en bodega. Una casa conquistada por los libros, en ese orden asambleario propio de lo que se usa. Libros tímidos en los estantes, libros abrazados entre sí sobre las sillas, libros descansando de tanto ajetreo en mitad de los pasillos, libros escondidos a la vista de quien quiera buscarlos. Libros también aseándose. Se ha escogido ese lugar que siempre se nombra con rodeos, con eufemismos, para darle su sitio a la poesía. El Váter, dice el cartel que invita a usarlo, no pidan llaves. Lugar cerrado de aguas, en su literalidad. Prefiero el antiguo nombre de retrete, por lo que tenía – y tiene- de retiro espiritual. Mente sana en cuerpo sano. Salud en el desahogo. Preferible al también evocador excusado, con lo que tiene de educada despedida breve, de discúlpeme que me ausente, lo seguiré teniendo muy presente. En pocos lugares nos permitimos mejor el reposo, la suspensión del tiempo, la introspección minuciosa, la reflexión aguda, cada vez más libres de cargas, más desintoxicados, más livianos. La poesía, como estado de excitación, crece con la calma, con el pensamiento minucioso, con la mayor autoexigencia. En determinados contextos, también con la humedad.  Esta poesía en el WC, que desborda lavabos y lavativas, está sobrada de talento, de nombres bien escogidos, de personas que acertaron con el diagnóstico y que proponen curas o limpiezas. Me alegra haber encontrado en Moguer un sitio que se atreva a llamar a las cosas por su nombre.


martes, 16 de junio de 2015

GÓNGORA, INDIGNO CONCEJAL DE CULTURA


De todo este escandalito de los tuits de Guillermo Zapata, lo que más me molesta es que las diversas izquierdas sigan tan faltas de una moral propia que, a la primera, sigan comprando la moral hipócrita y mojigata que la derecha impone siempre como verdad única. En vez de tantas disculpas, he echado en falta más gente que defendiera el derecho libre a pensar, según sea cada cual y según se sienta en ese momento, sea limpio o sucio, mayoritario o bizarro; y a poder decir libremente lo que se piensa, sin más condicionante que un cierto sentido de la oportunidad. Es decir, temporal en todo caso. Una libertad de expresión de la que se rinda cuentas, a posteriori, con severidad, en casos de injurias o calumnias personales. Una libertad que no se mida sólo porque moleste a toda esa gente que se enoja con cualquier idea que no coincida con las suyas.

En este escenario mediático desigual, sólo he visto actitudes defensivas, poniendo ejemplos de la impunidad con la que, esos mismos que se escandalizan, bromean y nos hieren continuamente, mientras se mofan de las víctimas que no consideran suyas. Entiendo que, como primer paso, hace falta esa denuncia. Que no es, como en seguida han señalado los de la moral única, el “y tú más”, sino un “tú eres un hipócrita”. Cuando lo que se denuncia es la hipocresía, por fuerza hay que poner ejemplos de gente que defiende una cosa y hace lo contrario. Pero ha faltado entrar en el asunto. El humor siempre –siempre- se burla de alguien. De gente cruel, bondadosa, incapaz, corriente, distinta, hombre, mujer. Las situaciones reales, cotidianas o no, llevadas a la exageración suelen hacernos reír, precisamente por su ridiculez. Casi siempre el chiste se queda ahí, en una descarga liberadora, en la sola risa. Pocas veces llevan a la reflexión sobre por qué nos llegan a parecer ridículos comportamientos que vemos tan a menudo. Pocas veces nos detenemos en ver la corriente vitalmente conservadora –es decir, pesimista, desconfiada- sobre la que se sostienen muchos chistes y refranes. Algunos nos parecen graciosos, otros aburridos. Desafortunados por fallidos, no porque nos escandalicen. Porque el humor, como cualquier otra opinión, es subjetivo. Te gusta o no te gusta. Y, naturalmente, empieza por uno mismo.

El humor, en tanto que exageración elaborada, es creación. No es la realidad sino una fábula de la realidad. Y ya cansa empezar con esa obviedad. No es lo mismo contar chistes antisemitas que homenajear a quienes combatieron con los nazis contra los judíos. No es lo mismo entender la sicología de un asesino para escribir una novela que ser un asesino. No es lo mismo gustarte los documentales de guerra que querer participar en una. Si se me permite descender al nivel escolar, con estos ejemplos, para señalar a los que encienden esta hoguera. Siempre ha habido inquisidores, dueños de la supremacía moral, sus únicos intérpretes. Quienes deciden qué es lo intolerable. La moral imperante nos establece los límites de lo que es admisible. Un chiste de judíos, no lo es; pero hay manga ancha para ridiculizar a los catalanes. Un chiste de musulmanes es libertad de expresión; uno de torturas puede acabar en delito de injurias. Góngora escribió pornografía, Quevedo tiene poemas machistas y antisemitas, Cervantes le escribió al hampa sevillana de valentones y rameras, Moratín se rindió en odas a las putas, Lorca llamó jorobados a los guardias civiles en un poema, Rafael Azcona se burló del sacrosanto oficio de verdugo en España. Ninguno de ellos, tan incorrectos, les serviría para concejal de Cultura.


Manuel J. Ruiz Torres

viernes, 8 de mayo de 2015

LA BRUJA QUE CIERRA LA PLAYA


Mi hija creció con unos cuentos infantiles que protagonizaba un Teo de cara oronda y sonriente, resuelto, ingenioso, comprensivo y solidario con los otros niñas y niños que poblaban su mundo de pastas duras y dibujos de colores optimistas. Pronto, tendría tres años, conoció a la otra Teo. Fue en una Feria del Libro, donde siempre se movió con desparpajo. Allí, sentada en la tarima, la vimos hablar animadamente con la Teo real. Cuando le preguntamos qué le había contado, contestó que le había preguntado si ella era la bruja que cierra la playa. Por aquel entonces, cuando la sequía, había que correr de la playa para llegar a casa con tiempo para ducharse, antes de los cortes de agua. Cádiz se dividía, entonces, entre quienes tenían depósito en su bloque y no padecían los cortes de agua, y los que no lo tenían y estaban sometidos a ese horario impuesto desde los servicios municipalizados. Nosotros, que teníamos depósito, cumplíamos el horario porque lo creíamos parte de la educación de igualdad que queríamos para nuestra hija. Lo que aprendió de todo aquello, como siempre, fue mucho más.

Aprendió que no todos éramos iguales, pues algunos se quedaban en la playa cuando mejor se estaba, y no entendía esa injusticia. Y aprendió que no todos éramos solidarios, porque los vecinos de arriba no sólo se duchaban ya de noche, sino que luego –se oía perfectamente- llenaban la bañera, para vaciarla entera al levantarse por la mañana. La llenaban por si les hacía falta. En su imaginario, sólo una bruja podía obligarnos a irse de la playa, es decir cerrarla, aunque no fuera tan rigurosa con los que dejaba quedarse, seguramente amigos suyos. Pudo decírselo en persona. Imagino que ante la descomposición de quien la oyó, sometida a esa obligada corrección de tener que sonreírle al niño o niña que te está dando patadas en la espinilla. Ese día también aprendió que tener el mismo nombre no significa ser la misma persona.

Desde entonces Teo fue sólo el de los cuentos, al que quería parecerse. Y la otra, era la bruja que cierra la playa. A la que no quiso parecerse nunca. En estas elecciones va a votar por primera vez quien quiere que sea quien gobierne la ciudad donde nació. Sé que no va a confundir el cuento de su infancia con el morro de echarle cuento. Como tampoco confunde infantil con infantilismo. Porque ahora la Teo que no es oronda ni sonriente, parece que también quiere parecerse al del cuento. Y juega por la ciudad al lego con las letras grandes de su nombre, grandes como de jarrón o de cuento chino. Las coloca, estorbando, frente al Ayuntamiento, delante de las Puertas de Tierra, donde ella quiera. Las coloca porque puede, porque le gusta mucho su nombre. Para que las otras niñas y niños no le quiten la llave de cerrar sitios.


Manuel J. Ruiz Torres